CARLOS de HITA (Paisaje Sonoro de Peñasventanas)

"Bababadalgharaghtakamminarronnkonnbronntonnerrnntuonnthunntrovarrhounawnskawntoohoohoordenenthurnuk!

La onomatopeya inventada por James Joyce (Finnegan´s Wake) es, con toda probabilidad, una de las palabras más largas e impronunciables que se hayan escrito nunca […] y es la expresión del estruendo producido por un derrumbe, alegoría a su vez de un enorme trueno. Imposible de leer en voz alta y de corrido. Aunque, bien mirado, es lógico que a uno de los fenómenos más grandiosos de la naturaleza le corresponda un término inacabable.

Hay otras muchas onomatopeyas, mucho más sencillas. De hecho “trueno” y “tormenta” tienen también un carácter expresivo. En realidad, cuando nombramos a los animales, muy a menudo estamos repitiendo simplemente sus llamadas. Entonces el paisaje sonoro es pura literatura. Algunas son muy evidentes, como grillo –gri,gri,gri- o cuco, un ave con una voz tan bien definida que, con variaciones en la escritura y la pronunciación, se llama básicamente igual en la mayor parte de las lenguas con las que comparte área de distribución.

Otras onomatopeyas son más oscuras, y cuesta llegar a entenderlas. La totovía, por ejemplo, lleva escrito en el nombre sólo el final de su secuencia de canto. Pero por lo general, son bastante fáciles de reconocer. El nombre de la tórtola también es de origen expresivo, y reproduce su arrullo. Como expresivo es el término abubilla –bu bu bu.

Mientras, el críalo, pariente cercano del cuco y tan descarado como él, grita y parece mandar un recado a las aves parasitadas -críalo, críalo-, encargadas de sacar adelante a sus pollos.
Pero si hay un ave que deletrea su nombre sílaba a sílaba cada vez que abre el pico, ese es el carbonero común. […] En tierras del catalán el canto del carbonero, el totestiu, anuncia, además, la buena estación: “todo es verano”. […]

Pero llegarán los temporales de otoño y el frío, y entonces oiremos el gruir de las grullas, el gangueo de los gansos, la triple nota de los archibebes y el buu lastimero de los búhos reales.
Hasta entonces nos quedaremos con el relato de las peleas entre la pagañera, que es como en tierras de Zamora llaman al chotacabras pardo, y el mochuelo. Son sonadas por allí de las discusiones nocturnas entre una y otro a cuenta de una venta de bueyes. Cada noche, la pagañera, que entregó el ganado, pide su dinero –paga, paga- y el mochuelo, un auténtico moroso, le da largas -voooy, voooy.”

(“Palabras en el aire”, de Carlos de Hita)

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Disfrutar con Carlos de Hita en Peñasventanas, escuchando su paisaje sonoro, es un tesoro, aunque el grajo en estos días vuelva a hacer vuelo rasante y a las encinas les hayan quitado su abrigo, aunque el puñetero frío se empeñó privarnos del zumbido de los insectos, de los matices de las sombras y del aroma que asciende cuando templa. Pero pudimos disfrutar de un paisaje reverdecido y cuajado de ranúnculos, escuchar a través del aIre limpio un cortejo de totovías en vuelo mientras la cansina tórtola turca insistía en "que-sebe-sen, que-sebe-sen" y el padrino era un tal "Demetrio", lo sé porque no paraba de decirnos su nombre, y la cigüeña machaba el ajo quizá para las patatas meneás del convite, y un águila calzada hacía acrobacias, y un milano silbaba de admiración, y los pinzones vulgares, los chichipanes, los colirrojos, las cogujadas, los ruiseñores, las ranas y todos nosotros asistíamos, engarañados pero felices, a esta fiesta de la naturaleza que nos estaba regalando nuestro Querido Carlos de Hita.
(Imágenes de Pilar Romero Servert)